El Caudillo Siglo
XXI: su perfil.
Mi gran deseo cívico para el 2012 es que la ciudadanía
repudie la corrupción en todas sus expresiones y que vigile el desarrollo de
pseudos primarias a que están convocando los partidos, para rechazar a
personajes cuyo historial representa una amenaza para la democracia y para el
patrimonio público y el bien común. Si la gente honesta decide entrar en
política votando, creando nuevos referentes, colocando candidatos limpios en
las próximas elecciones, cualquiera sea la tendencia política que se quiera
postular, podremos darle un gran respiro a esta sociedad, envilecida por
décadas de malas prácticas, corruptelas y delincuencia que se ha enquistado en
el sistema político.
Puede ser Macondo,
puede ser cualquier pueblo de América, puede ser México o Chile. En cualquier
lugar, el realismo mágico de Gabriel García Márquez o de Mario Vargas Llosa, se
ve superado por la realidad actual.
Con un estómago a
prueba de balas, manejando la mentira tal como la sonrisa, aparece el caudillo.
El caudillismo es un
fenómeno social atemporal, que reaparece recurrentemente como una sanguijuela
dentro del tejido social. Ud. los verá aparecer con sus máquinas de poder al
interior de los partidos políticos o se los encontrará celebrando fiestas
populares en las barriadas populares.
El historiador
francés Francois Chevalier, señala que el caudillismo “es propio de una
sociedad con sistema democrático inmaduro, grandes diferencias sociales, y
existencia de oligarquías locales o regionales. Es propio de una sociedad donde
personas poderosas prepotentes no aceptan el juego político democrático"
El caudillo conoce
las bajezas de sus colaboradores y las utiliza en el momento oportuno. Procurar
a cada quien su vicio ha sido la alquimia para manejar la política de pasillo.
La corrupción puede partir de cooptar clubes deportivos, centros sociales,
iglesias, juntas vecinales, pagando por bajo cuerda a los dirigentes para
que se convirtieran en sus incondicionales. La miseria humana ha sido siempre
el vergel de información que le da poder al caudillo.
El caudillo no tiene
empacho en incorporar a su negocio a los parientes. Les favorece con compras
directas, con proyectos a la medida. El caudillo hace trampas por naturaleza.
Sus percepciones del
poder son de motricidad fina. Sabe qué teclas apretar en el momento justo. Para
asegurarse el control del Partido impulsó campañas para hacer crecer la
militancia. Poco a poco, fue incorporando al partido a nuevos militantes
reclutados en función de una adhesión de incondicionalidad a su persona,
prometiendo a cambio empleo o prebendas. Cuando pudo manejar la ciudad
contrató a esos incondicionales. De pronto, la asamblea partidaria comunal se
vio invadida por mal agestados que portaban carnet de militantes. Había que
designar candidatos y esos desconocidos levantaron sus manos al unísono, se
proclamó al caudillo por mayoría absoluta y los viejos militantes que lo
controlaban todo, debieron partir excluidos, con la cola entre las piernas, por
la puerta trasera.
Mensualmente, el
caudillo organizaba reuniones con la nueva militancia, todos debían pagar sus
cuotas, pero en esa reuniones el trago y la música eran gratis, palabra mágica
para los nuevos tiempos del caudillismo. El caudillo sabe aprovechar las
debilidades de sus adversarios y las convierte en sus fortalezas. Sin mayores
luces técnicas, balbuceando discursos aprendidos de memoria, el caudillo fue
capaz de organizar pequeños proyectos para los barrios, mientras políticos
mayores no eran capaces de utilizar fondos asignados. El caudillo recorrió las
poblaciones, manzana por manzana, prometió cosas pequeñas, palmoteando
espaldas, llevando empanadas a los clubes, repartiendo pelotas de fútbol,
besando a las mujeres, sonriendo, riendo, inaugurando columpios, barandas,
centros sociales, multicanchas.
El caudillo organizó
las juntas vecinales a su amaño. Nombró dirigentes a dedo, les aseguró un pago
mensual. En las reuniones del concejo municipal, esos remunerados agentes
sociales se alineaban para lo que mandara el caudillo. Eran la participación
popular que respaldaba al caudillo.
Las elecciones fueron
apabullantes. Toda la clase política central se rendía a los pies del caudillo,
quien como un monarca seleccionaba a quienes recibía o despreciaba. Ponía los
números arriba de la mesa y su voluntad era ley. La comuna en sus manos, todo
controlado y con ello las llaves del poder mayor. El caudillo abría espacios
para los buenos negocios, el caudillo solucionaba dificultades, el caudillo
daba órdenes y los planos reguladores, el destino de suelos, lo que fuera
necesario, era facilitado por sus equipos incondicionales.
El caudillo se
blindaba en sus alianzas estratégicas. Las trenzas de poder ensanchaban sus
espaldas. Se le respetaba y lo saludaban conspicuos políticos de la fronda
aristocrática central. La televisión estaba siempre a disposición. Ordenó poner
gran publicidad en el diario más conspicuo y se aseguró grandes espacios para reportear
sus logros. El caudillo se ocupaba de invitar a los periodistas a fiestas
privadas, hacía regalos a sus mujeres, era sponsor de reuniones de caridad.
Apadrinando gremios, manejando prensa, sin controles efectivos, el caudillo se
sintió intocable.
De pronto el caudillo
fue presa de la ambición sin límites y sus expectativas se elevaron, más allá
de su feudo.
De alguna manera,
alguien le trajo una oferta. Era demasiado dinero costear una campaña a cargos
de elección popular de nivel central. Mal que mal, el caudillo controlaba
sus dominios y allí era respetado por su poder. Pero ascender en la escala
política lo exponía a peleas mayores. Como la ambición rompe el saco, engreído
de sus capacidades, de su muñeca política, el caudillo aceptó el financiamiento
de un aliado incontrolable.
El pacto no fue de
sangre, no fue vender el alma al diablo, pero fue un pacto entre desalmados. El
cartel de la droga, que tejía sus redes de influencia, encontró en el estilo
del caudillo una empatía profunda y se apropió de esas virtudes para su propio
negocio. El caudillo cegado por la obsesión de subir, no ponderó el alcance de
esta alianza y el costo que tendría el financiamiento otorgado.
Pero llegó el día en
que las deudas se pagan. Y el caudillo que pensó ser capaz de jugar con fuego,
apareció descuartizado, cerca de la frontera. Ningún incondicional lo defendió
cuando la mafia castigó un incumplimiento del pacto secreto. La nota del cable
circuló por las redes como un incidente más en la lucha contra el narcotráfico.
Servir de eslabón para el lavado de dinero de la mafia, le significó al
caudillo probar su propia medicina y jugar un póker infernal, donde su astucia
no le sirvió de nada.
Una mirada libre a nuestro entorno








