jueves, 2 de junio de 2011

Los emergentes


Era al inicio de los noventa. Hablábamos de ascensores. Desde la colina se apreciaba la espléndida ciudad de Medellín y yo la comparaba con Valparaíso. Desde allí se podía apreciar el barrio de los emergentes, un lugar al que no entraba la policía, un barrio blindado por el ejército de sicarios que mantenía el zar de la cocaína, Pablo Escobar Gaviria. 

Los emergentes era la denominación para los prósperos narcotraficantes, que solían hacer ostentación de su riqueza, con mansiones a todo lujo, edificios con ascensores para estacionar el auto en el piso. Eran expresión de las inversiones que realizaban los emergentes, nuevo estrato social, que aparece al alero del narcotráfico.

Hablábamos de ascensores y el dirigente de la Cámara de Comercio, mi anfitrión, me contaba de  su proyecto estrella: un teleférico  que cruzaría los cerros y bajaría hacia el casco antiguo de la ciudad. Era una de las varias visitas que hice a Medellín, siempre en ocasión de misiones de cooperación del Centro Interamericano de Comercialización de OEA a la Cámara de Comercio y a Universidades. 

Eran tiempos difíciles para Colombia, estaba plenamente vigente el liderazgo del narco-empresario y político, Pablo Escobar, creador del cartel de Medellín. Sin que yo me enterara expresamente, siempre mis desplazamientos estaban acompañados por  el chofer asignado, quien era en realidad un guardaespaldas, que estaba allí cuando bajaba a desayunar y me dejaba en el hotel al término de la jornada. Increíblemente, la ciudad se movía en una normalidad de trabajo, mujeres sonrientes, sin que nada evidenciara que detrás de esa forma alegre de vivir la vida, existía la tragedia que conocíamos por la prensa. Atentados con autos bomba aterrorizaban Colombia.

Recuerdo que en un viaje compré en una feria de pymes en Medellín una mochila preciosa para mi hija, de cuero gamuzado con bordados de hilos de colores, abstractos, con connotaciones indígenas, mezcla de lo autóctono y lo moderno. En las diversas conferencias que me tocaba dictar, buscando fortalecer la capacidad exportadora de los asociados, yo era parte de esa normalidad, trabajando en el medio empresarial, con personas que vivían en el límite de la violencia, pero con un silencio premeditado que evitaba tocar temas de contingencia.

Los sicarios custodiaban el imperio de Pablo Escobar y, según se comentaba, eran niños que a los doce años debían completar su entrenamiento cometiendo un asesinato al azar, siguiendo las indicaciones del instructor. En motos cruzaban veloces la ciudad, el acercamiento sorpresivo a un vehículo en una luz roja, era una forma frecuente del crimen organizado, un acto de graduación de estos sicarios, soldados reclutados por la mafia para cumplir con su estrategia de control de los espacios. Las víctimas eran normalmente periodistas, jueces, representantes populares que se planteaban en contra del narcotráfico o se atrevían a escribir en su contra. 

El sistema judicial y político había sido tomado por los tentáculos del cartel de Medellín. Sin embargo, el colombiano común seguía a Valderrama en el fútbol, bailaba pasillos, cumbias o vallenatos, era orgulloso de su historia, religioso, trabajaba con esmero, vivía en la frontera del miedo, con un ánimo emprendedor que sorprendía.

La guerra civil y sucia de las Fuerzas Armadas, los paramilitares y la guerrilla, era el telón de fondo en el que se manejaba la industria del narcotráfico. La penetración que las mafias habían hecho en la institucionalidad, impedía identificar quién era quién, ya que, como en toda guerra, las labores de infiltración e inteligencia, armaban telarañas en las que la violencia era cotidiana, el terrorismo iba y venía, del Estado, de los paramilitares, de la narco-guerrilla, salpicando la vida cotidiana de la gente común y corriente, que intentaba vivir en una normalidad sostenida con alfileres.

Recordando con nostalgia la calidez, cultura, lenguaje y alegría del pueblo colombiano, se me viene la imagen de un ex alumno de esas jornadas académicas, que me contaba de los riesgos de progresar y de quedar en la mira de la industria del secuestro, por lo que convenía mantener siempre el bajo perfil, no usar autos de lujo, transitar a pie, evitando quedar en la categoría de los pudientes, para evitar la extorsión, el costo de protección, el asedio de la guerrilla o de los paramilitares. Convivir con el espanto debe haber sido horrible para esa generación de los noventa que, sin embargo, mantuvo un país en desarrollo, pese a todo. Lecciones de la historia americana.

Periodismo Independiente, Crónicas de Viaje.02 de junio de 2011



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