Hemos visto con horror el ataque cobarde de un grupo de delincuentes en contra de un carabinero. Vándalos que aprovechan una marcha autorizada. La autoridad decide no autorizar más marchas. ¿Quién pierde con la acción de violencia? La civilidad que usando su derecho constitucional buscaba expresar su descontento, en democracia.
El vandalismo es una actitud destructiva y brutal que irrespetando a las demás personas a la sociedad y su institucionalidad, se manifiesta en la acción destructiva e irracional de la propiedad pública y privada. El vandalismo está asociado a la marginalidad y a la delincuencia. Es la expresión de la miseria y la degradación moral, una acción que se disfraza de rebeldía, pero es el accionar de grupos que se unen para demostrar a través de la destrucción su resentimiento.
Pero, más que una definición social del fenómeno, las causas del vandalismo están en la carencia de valores, de límites, de familia. Todos los patrones culturales que se incorporan en la niñez y pubertad no están presentes, son jóvenes producto de familias mal constituidas, que han vivido su infancia en ambientes de carencia, descuido y desamor. Destaca como causa principal la drogadicción de sus padres, el haber nacido en familias de delincuentes avezados, acostumbrados a robar, a delinquir. Prototipo de jóvenes marginales que son fácilmente reclutados por las mafias como soldados o sicarios. Así, se crían en un ambiente de delincuencia, donde lo normal es la comisión de delitos contra las personas y la propiedad.
El anarquismo es otra expresión marginal que potencialmente deriva en vandalismo. Negar el Estado, repudiar todo el orden establecido, no participar en la vida cívica, pero sí intervenir en ella en pro de su interés, la destrucción del Estado.
Otros son los grafiteros urbanos, que buscan ensuciarlo todo, irrespetando monumentos, sitios emblemáticos de la historia, obras de arte como los museos a cielo abierto o las estatuas que son patrimonio de la ciudad. Es una actitud visceral de odio al orden social, una expresión irracional que forma una subcultura, con códigos que ellos mismos publicitan en sus fotologs. Son individuos que para lograr pertenencia se incorporan fácilmente en pandillas, aprenden de matonaje y actúan en la escuela ejerciendo el moobing, hostigamiento sicológico, violencia intraescolar.
La justificación de estas actitudes de marginalidad y violencia se busca, a mi juicio de manera ideologizada, en la injusta distribución del ingreso que existe en Chile, pero eso pasa a ser una caricatura, pues siempre han existido pobres, clase obrera o campesina, que vivían la pobreza digna, sin caer en la miseria moral que hoy se aprecia, en especial en las grandes urbes. Por ello, creo que esa caricatura es simplista.
Lo que ocurre es que durante 50 años el populismo fue incubando una actitud mendicante en la gente de escasos recursos. Las políticas públicas en los sesenta incentivaban la organización comunitaria, el cooperativismo, la ayuda mutua vecinal. Pero, durante el régimen militar y luego en los gobiernos democráticos, se desmanteló la organización social de base, no se fomentó la autoayuda. Los gobiernos pecaron en el hecho de no incentivar el esfuerzo, de no mantener a la educación como el resorte para la movilidad social. En estos climas populistas, gracias al clientelismo político, grandes sectores populares se acostumbraron a exigir todo tipo de subsidios públicos, llegando a hacer de la marginalidad un lucrativo negocio, ya que sin trabajarle un día a nadie, calificando en la ficha CAS, se convertían en damnificados perpetuos, reclamando derechos a todo, pero sin desplegar un mayor esfuerzo.
El populismo entregó y entregó subsidios, las Iglesias desarrollaron acciones de caridad en el mismo sentido. Y así, esa gente se mal acostumbró a vivir en un estado de reclamo permanente y aprendió a estrujar el sistema para acceder a la tenencia de bienes, nutriendo el comercio informal y la piratería. Los hijos formados en esa actitud no buscan la superación por el esfuerzo, son tentados por artículos de marca y alcanzarlos es símbolo de estatus social. Se ha generado un estilo urbano de personas que viven en la frontera de la sociedad, que construyen su propio argot o forma de lenguaje, constituyen tribus urbanas, con reglas de conducta peculiares, como los denominados flaites o las barras bravas, con una particular forma de pertenencia, en donde su ideario llega a idolatrar determinados clubes de fútbol. En este tipo de grupos, aparece el vandalismo y allí también desenvuelven una actitud belicista, destructiva de los demás.Hay un repudio a trabajar porque sería ser servil al sistema.
La marginalidad de estos sectores los empuja a tener los bienes que ostentan los grupos favorecidos de la sociedad, para lograrlo delinquir es una opción, como lo es actuar en masas saqueando negocios establecidos. Hay en este fenómeno de los vándalos, una mezcla tenebrosa de grupos juveniles frustrados, condenados a vivir en la violencia por tener sus barrios tomados por el narcotráfico o provenir de familias consumidoras de drogas, haber sido víctimas de violencia intrafamiliar, modelos que se van repitiendo y amplificando.
La actitud vandálica es la carencia de límites, de reglas morales mínimas que se alcanzan en la formación familiar. La ausencia de familia, la realidad de abandono afectivo, lleva a actitudes de supervivencia, marcadas por la violencia, por un egoísmo exacerbado que se traduce en el rechazo al otro, a quien se ve como un enemigo, al que hay que destruir.
Cuando los regímenes autoritarios buscan descalificar a los opositores, suelen usar este tipo de grupos para generar violencia y a partir de allí justificar la represión de los legítimos opositores. Estas prácticas se conocieron en el fascismo, en las represiones de Stalin o de Pinochet; en las recientes movilizaciones de Egipto, donde miles de infiltrados , de la policía secreta de Mubarak, se mezclaban en las concentraciones de los civiles para provocar a las policías y así iniciar la escalada represiva. Por ende, es un tema de seguridad pública y de estabilidad política; la democracia debe garantizar las libertades públicas, la libre expresión, pero, al mismo tiempo, ejercer una labor oportuna y eficaz en contra de los grupos vandálicos, cuya inimputabilidad por razones de edad, los convierte en soldados ideales para causas perversas. Se debe aprender de la forma como las mafias van captando a estos grupos marginales para convertirlos en soldados y de las redes de delincuencia y corrupción que despliegan sobre el Estado. Es deber, por último, de quienes actúan en la movilización social, legítima y necesaria, saber disponer los controles internos para entregar a la policía a todo encapuchado que busque con mano artera, causar actos vandálicos para provocar la reacción policial.
Periodismo Independiente, 23 de mayo de 2011.
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